junio 21, 2012

LA APOLOGIA DE SOCRATES

Una de las lecturas que mas me gusta compartir con mis estudiantes de Filosofía es la apología de Sócrates, no solo por su belleza  literaria, sino por su profundo contenido ético… les dejo un pequeño texto de presentación de dicho libro y los invito a conocerlo.





LA APOLOGIA DE SOCRATES

Sócrates, pese a ser un hombre leal a su patria y de profundas convicciones religiosas, según la imagen que de este presenta Platón en la “Apología”, donde incluso se resalta su valentía en diferentes campañas militares, es víctima de la desconfianza y odio por parte de muchos de sus contemporáneos quienes, siendo ya un anciano, lo llevan a comparecer a los tribunales atenienses



Las acusaciones que recaen sobre Sócrates, él mismo las divide en dos tipos, según el tiempo en que se desarrollaron: las acusaciones del presente, por las que propiamente  ha sido llevado a juicio y unas acusaciones que vienen desde el pasado



Los acusadores más antiguos de Sócrates afirman que: “Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa y enseña a sus alumnos sus doctrinas”[1]



Sócrates, según esta acusación, apárese como un sofista. Tal vez, según el mismo lo señala,  por la caricaturización de que es objeto por parte de Aristófanes en “Las nubes” donde se le representa como el dueño de una “tienda de ideas” en la que se le enseña a los jóvenes  a hacer que la razón peor aparezca como la razón mejor



Los segundos acusadores de Sócrates, encabezados por Anito y Melito, sostienen que: “Sócrates es culpable porque corrompe a los jóvenes, por que no cree en los dioses del Estado, y por que en lugar de estos pone divinidades nuevas bajo el nombre de demonios”[2] 



Seguro de que las malas acciones se deben exclusivamente a la ignorancia, que  nadie desea el mal, que la virtud es conocimiento  y que, en consecuencia, aquellos que conocen el bien actúan siempre justamente, Sócrates le da a su defensa la forma  de una valiente reivindicación de su vida,  marcada por una tranquilidad y confianza de haber hecho y estar haciendo lo correcto propias de lo que Nietzsche llama: optimismo teórico



La ilusión metafísica, que para Nietzsche representa la creencia de  que siguiendo el hilo de la causalidad, el pensar llega hasta los abismos más profundos del ser,  y que el pensar es capaz  no solo de reconocer, sino incluso de corregir el ser”,[3] se hace presente en Sócrates por primera vez, manifestándose no solo en la manera como este vive sino en como asume la muerte, es por esto, dice Nietzsche, que: “la imagen de Sócrates moribundo como hombre a quien el saber y los argumentos han liberado del miedo a la muerte, es el escudo de armas que, colocado sobre la puerta de entrada a la ciencia, recuérdale a todo el mundo el destino de esta, a saber, el de hacer aparecer inteligible y, por tanto, justificada, la existencia”[4]



Las acusaciones más antiguas, Sócrates se las atribuye al odio que hacia él surge entre muchos de los hombres que, contemporáneos a él, se consideraban como sabios en una u otra profesión, cuando este, luego de enterarse de la respuesta dada por el oráculo de Delfos a Querefon, que lo situaba como el más sabio de los hombres, se dedica a buscar, entre los compatriotas primero y luego entre los extranjeros, alguien que lo superara en sabiduría, descubre que todos los que pasaban por sabios en realidad no lo eran, cosa que hirió un buen número de amores propios  y le acarreó muchos enemigos entre aquellos a quienes había demostrado su falta de sabiduría.



Entre estos, cuya falsa sabiduría es descubierta por Sócrates, se encuentran los poetas trágicos y ditirambicos, los cuales, según el filósofo, en sus poemas   no colaboran para nada en la instrucción del pueblo ni presentan discursos verdaderos y, además, por no guiarse por la lógica, dejan demasiados cabos sueltos lo que es manifestación de algo irracional en la tragedia.  Nietzsche señala que Euripides, a partir de estas objeciones y de la consigna de que todo tiene  que ser inteligible para ser bello, propia del socratismo estético, rectifica en sus tragedias  el lenguaje, el carácter de los personajes, la estructura dramaturgica y la música coral para que todo pueda ser explicado y tenga fines educativos. De esta manera, en la lucha de Euripides contra la verdadera obra de arte trágica de  Esquilo y de Sofocles, que se inicia con su pretensión de reconstruir la tragedia a partir de una consideración no-dionisiaca del mundo, es como se descubre para Nietzsche la nueva antítesis entre lo dionisiaco y el socratismo.



Sócrates argumenta, finalmente, frente a estas primeras acusaciones  que al dedicarse a sus indagaciones lo único que estaba haciendo era obedecer a un dios y que a causa de esta obediencia no le quedaba tiempo para dedicarse al servicio de la república[5] como algunos le reclamaban debía hacer  y que si algunos jóvenes se le unen no se le puede acusar a él de estarlos alejando de los principios de la democracia  pues, además de no estar impartiendo ninguna doctrina  todos aquellos que se le unen lo hacen por iniciativa propia sin que él haga nada por buscarlos


Frente a la segunda acusación, el filósofo responde por partes: en primer lugar,  argumenta que él,  no corrompe a los jóvenes o lo hace inconscientemente (lo cual, según la ley griega, lo exoneraría de los cargos) pues, partiendo de la premisa de que nadie desea el mal para sí mismo, esto sería absurdo ya que al corromper a los jóvenes, Sócrates terminaría rodeado de malas personas lo que repercutiría en su propio mal.


Respecto a su supuesto menosprecio de los dioses del Estado e implantación de unos nuevos bajo el nombre de demonios,  argumenta que, el simple hecho de reconocer a los demonios, hijos de dioses o dioses, implicaría necesariamente que está reconociendo a los demás dioses del Estado,  con lo que tal acusación se queda sin piso.


Finalmente, cuando Sócrates es condenado a muerte por una pequeña ventaja en las votaciones, luego de señalar que pese a considerarse digno de un bien por sus acciones y no de una condena, para cumplir con la ley que le da la oportunidad de escoger otro castigo (el destierro o una multa) ironizando sobre la pequeña estima en que tienen a un hombre dotado de una misión filosófica, propone pagar una pequeña multa proporcional a tal estima, lo cual enfada a los jurados que le condenan definitivamente a muerte. Sócrates termina su discurso resaltando lo dañino que tal condena será para el Estado, no solo frente a otras ciudades sino también a su interior y mostrando como esa condena, para él, puede ser un gran bien pues, según dice, la muerte es o un absoluto abandonamiento y privación de todo sentimiento o un tránsito a otro lugar, donde se encuentran todos los que antes han muerto; en ambos casos, Sócrates  afirma, seria beneficioso para él morir  y respalda su creencia en la no intervención de su demonio familiar, quien le hubiera advertido en caso de que con su actitud en el juicio no fuera a realizar ningún bien.


[1] Platón. Apología de Sócrates. Página: 8. Ediciones Universales
[2] Ibid. Página: 12
[3] F. Nietzsche. El nacimiento de la tragedia. Página: 127. Alianza editorial
[4] Ibid. Página. 127-128
[5] Pese a que Sócrates era obediente con las leyes de la ciudad, tendía a evitar la política,  pues consideraba la respuesta del oraculo de Delfos como una advertensia y un mandato para que se dedicara a ejercer la Filosofía, siendo mas útil, según él, para el Estado dedicandose a la enseñanza  y persuadiendo a los ciudadanos para que hicieran examen de conciencia y se dedicaran a su alma

Por: Jesús Alejandro Villa Giraldo

Medellín, 2012